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El transhumanismo es un movimiento intelectual y cultural internacional que propone y promueve el uso de las tecnologías emergentes para la manipulación y el mejoramiento de la condición humana, en aras de la superación de las limitaciones biológicas que nos restan libertad.

Chile posee, al igual que otros países de habla hispana, adherentes de este movimiento.

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jueves, 18 de febrero de 2010

Exploración espacial y transhumanismo (IV): Reservar el oxígeno.

Hace cerca de una semana me referí al uso de proteínas anticongelantes en la exploración espacial. Hoy continuamos esta serie con el tema que dejé antedicho, la retención de oxígeno.

Un factor clave en la supervivencia de cualquier organismo animal de la Tierra, desde esponjas hasta lechuzas, es que necesitamos una concentración mínima (límite) de oxígeno en nuestras células para funcionar, ya que nuestro metabolismo, y por ende, nuestra forma de vivir, evolucionaron a partir de la oxidación con O2 de moléculas orgánicas para la obtención de energía. Al proceso oxidativo por el cual obtenemos la energía que utilizamos para la síntesis de biomoléculas, replicación del ADN, mitosis celular, correr y pensar, se lo llama fosforilación oxidativa, y ocurre en todos los organismos superiores (incluyendo plantas) y en la gran mayoría de los inferiores.

En el caso de nuestros ancestros marinos, el oxígeno se filtraba desde el agua hasta el fluido nutritivo que abastecía sus células (para nosotros sangre), por medio de un sistema de agallas. Para los animales terrestres (insectos, arácnidos, miriápodos, algunos decápodos, oniscídeos, onicóforos, anélidos de tierra, gasterópodos pulmonados y tetrápodos), el oxígeno debe ser filtrado desde el aire. Actualmente, los humanos no podemos sobrevivir bajo el agua más que unos cuantos minutos debido a esta restricción aérea, y eso a pesar de que el agua posee oxígeno disuelto suficiente como para que sobrevivan peces colosales. ¿Qué nos queda entonces para ambientes que carecen de oxígeno?

En el caso marciano la atmósfera presenta un 0,13% de oxígeno en relación al 22% que posee la atmósfera terrestre. Por otro lado la filtración de oxígeno desde la atmósfera a la sangre depende de la presión del gas y de la diferencia de concentraciones entre la atmósfera y la sangre desoxigenada que pasa por nuestros pulmones. La presión de la atmósfera marciana es una centésima parte de la terrestre, luego la presión parcial de ese 0,13% de oxígeno es cien veces menor, vale decir, casi nulo.

Ciertamente no podemos hacer mucho si virtualmente no hay oxígeno, pero sí podemos usar mejor el que llevamos con nosotros. Los buzos pueden sobrevivir bajo el agua cargando un tanque de oxígeno comprimido (de manera similar a como lo hacen los exploradores espaciales). Una innovación inteligente, mas, los humanos no somos ni los primeros ni los últimos animales que retornan al agua ancestral. Multitud de animales terrestres se han ido "readaptando" a los ambientes acuáticos para mejorar sus chances de supervivencia, ¿cómo lo hacen sin tener que cargar con tanques de oxígeno? La respuesta es que sí lo hacen.

Un género de saurópsidos destaca por su capacidad de inmersión, Crocodylus. Los cocodrilos poseen la capacidad de almacenar oxígeno en las células transportadoras de oxígeno (eritrocitos) debido a una modificación de la estructura de su hemoglobina (el complejo proteico que transporta el oxígeno en la sangre), esto, sumado a su metabolismo reptiliano de bajo consumo, les permite permanecer bajo el agua durante horas sin necesidad de respirar.

Un caso más cercano es el presente en los mamíferos del orden Cetacea, entre los que destacan los misticetos (ballenas barbadas, grupo que incluye a las ballenas azules) y dentro de los odontocetos (ballenas dentadas) el Physeter macrocephalus (cachalote). Dependiendo de la especie, estos cetáceos pueden estar desde 20 ó 30 a 90 minutos (con extremos de hasta 180 minutos en los cachalotes más experimentados) sin tener que salir a la superficie a respirar. ¿Cómo pueden animales tan enormes mantener oxigenados cuerpos tan monumentales durante estas inmersiones prolongadas? La respuesta se halla en un metabolismo variable (pueden ralentizarlo) y en un complejo similar a la hemoglobina: la mioglobina. La mioglobina es la versión muscular de la hemoglobina sanguínea, y las ballenas poseen una mioglobina modificada que, tal y como la hemoglobina de los cocodrilos, puede almacenar oxígeno de manera mucho más eficiente. Además estos animales poseen proporcionalmente mucha más mioglobina por unidad muscular que un mamífero promedio, y las ballenas tienen mucho músculo: Es como si tuvieran un tanque de oxígeno gigantesco encerrado en su volumen corporal, lo que les permite permanecer oxigenadas sin respirar durante más tiempo.

¿Qué queda para nosotros? Tres sencillas respuestas. Primero, cambiar nuestra hemoglobina por la hemoglobina de cocodrilo. Segundo, cambiar nuestra mioglobina por la mioglobina de ballena. Y tercero, hacer nuestro metabolismo mucho más lento cuando fuera requerido. Realizando estas tareas (la tercera la de mayor dificultad) obtendríamos humanos capaces de sobrevivir en ambientes de bajo o nulo oxígeno durante periodos mucho más prolongados que los que se logran hoy y cargando menos peso del vital gas, bajando los costes de transporte, considerando como he mencionado en otras entradas, que menos peso significa menos combustible. Por lo demás, nuevamente esta aplicación espacial se reflejaría en beneficios para los que nos quedemos en la Tierra. Podríamos colonizar los océanos y las altas cumbres, donde el oxígeno escasea. En la siguiente entrada no trataremos más sobre exploración espacial, pero eventualmente se irán agregando nuevas entradas a esta serie. Hasta entonces.

viernes, 12 de febrero de 2010

Exploración espacial y transhumanismo (III): Bajo el punto de congelación.

Continuamos explorando los distintos tipos de modificaciones sobre nuestra biología que podrían aumentar nuestras probabilidades de sobrevivir en ambientes hostiles lejos de la protección de la Tierra. Ya hemos comentado cuán útil les sería a nuestros exploradores espaciales no tener que convivir con los malos olores de sus compañeros, y poseer resistencia UV en ambientes que carecen por completo de ozonósfera. Ahora ha llegado el momento de lidiar con un nuevo conflicto entre el ambiente extraterreste y el cuerpo humano: El punto de congelación del agua.

Es de saber popular que el agua es un componente importante del volumen corporal humano, y que se presenta en la Tierra bajo tres formas: sólida (hielo), líquida (agua) y gaseosa (vapor), siendo el límite entre hielo y agua líquida el punto de temperatura ubicado en 0ºC. Este punto varía dependiendo la composición salina del agua y la presión. Sobre la superficie terrestre una gran parte de la masa total del agua (la mayor parte) se comporta como un líquido de densidad media de 1000 ± 27 kg/m3 (debido a la presencia de sales disueltas), bajo condiciones de temperatura media que rondan los 20ºC, con una presión a nivel del mar de alrededor de 1,033 kilógramos-fuerza/cm2 (1 atm). Un kilógramo de agua libre de sales se congela a los 0ºC a 1 atm de presión, pero uno que posea sales disueltas tomará más tiempo (y más frío) en congelarse.

No obstante en los mundos donde nos interesa hacer exploración espacial las condiciones de temperatura y presión se alejan bastante de las condiciones terrestres.

Sobre la superficie de la Luna la presión media se acerca a cero en todos los sistemas de medida (no retiene una atmósfera mensurable), y por lo mismo no posee temperaturas cordiales: Oscila entre -230ºC y 120ºC dependiendo de si da o no directo al Sol. Por lo tanto si uno dejara un kilógramo de agua líquida sobre un cráter lunar, muy probablemente se convertiría en una escarcha volátil.

Marte, por otro lado retiene una atmósfera cuya presión es de alrededor de una centésima parte de la atmósfera terrestre, con temperaturas que rara vez superan los 0ºC. Por lo mismo el agua se halla sólida, o, debido a la baja presión, como vapor helado. Y ciertamente que bajo ninguna de estas formas nos gustaría tener el agua de nuestro cuerpo.

El cuerpo humano adulto retiene más de un 60% de agua líquida, la mayor parte concentrada dentro de las células individuales (líquido intracelular). El resto se reparte en los distintos fluidos del cuerpo, entre ellos la sangre. Un humano en el espacio interplanetario ebulliría debido a la falta de presión, y se congelaría debido a la escasez de temperatura (probablemente no alcanzaría a explosionar debido a un congelamiento súbito). Un humano en la superficie de Marte correría un destino similar, aunque más amortiguado (más demoroso y más sufrido), pues hay más presión y temperatura que en el espacio vacío. ¿Qué hacer luego?

El problema de la presión resulta difícil de solucionar. Luego, lo más económico es que los humanos sigan usando trajes que los presionen durante la exploración espacial (por ahora). No obstante pudiera ser que en el futuro no llegáramos a necesitar materiales aislantes como los requerimos hoy. Una propiedad interesante del agua a la que ya hice mención es que si tiene sales disueltas demora más en congelarse. Esto se debe a que para que el agua se congele, debe cristalizarse. Los cristales se forman cuando las moléculas de agua se agrupan en sistemas ordenados. Si hay otras moléculas (por ejemplo, sales disueltas) interfiriendo en este orden, el agua en cuestión no puede cristalizarse. El resultado, debe exponérsele a una menor temperatura para que logre solidificarse. Estas moléculas que interfieren en la cristalización existen en los sistemas biológicos, y reciben el nombre de proteínas anticongelantes.

Ejemplos de especies que poseen estas proteínas abundan: Gymnodraco acuticeps (pez), Lithobates sylvaticus (rana), Tenebrio molitor (escarabajo), son especies que poseen proteínas que evitan la formación de cristales de agua y de esta manera pueden sobrevivir a temperaturas mucho menores a las que se consideran aptas para vertebrados e insectos.

No obstante, y aun cuando pudiéramos evitar congelarnos en la superficie marciana, nuestro metabolismo no sólo depende de que nuestros líquidos permanezcan líquidos. Necesitamos temperaturas "fisiológicas", donde nuestra química interna pueda funcionar adecuadamente. Lo ideal sería poder cambiar nuestro metabolismo por completo (como una suerte de hibernación, que ya ha sido probada exitosamente por la naturaleza en mamíferos). Por lo demás, bombardear nuestro organismo con proteínas anticongelantes en exceso pudiera afectar nuestro potencial osmótico (funcionamos mal si hay demasiadas, o muy pocas "sustancias" disueltas en nuestros fluidos). Por lo que este es un tema que habrá que tratar con cuidado. Sin embargo, pudiera salvar vidas, y tiene cientos a aplicaciones en nuestro planeta, sobretodo para quienes lidian con inviernos pesados o practican deportes en el hielo o la nieve. En la próxima entrada hablaremos sobre otra clase de modificación que salvará vidas: La retención de oxígeno.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Exploración espacial y transhumanismo (II): El factor UV.

Saludos transhumanistas. Ha pasado un buen tiempo desde la última entrada, pero hemos estado en marcha blanca y sin mucha concurrencia. Esperamos que pronto este proyecto se encienda y podamos forjar algún tipo de participación más masiva. Dicho esto proseguimos con el tema anterior, y es que en esta oportunidad comentaré lo útil que le sería al futuro explorador espacial tener una piel resistente a la tan temida radiación UV.

Mas, primero definamos algunos aspectos. Radiación es un término algo ambiguo que puede aplicarse a cualquier tipo de partículas que se irradian desde una fuente. Para el caso de la radiación UV es necesario aclarar de que las partículas irradiadas son fotones (que se crean en los procesos termonucleares del Sol, o surgen desde el plasma de los gases ionizados por las altas temperaturas del mismo), y que por tanto la UV es un tipo de radiación electromagnética. Por otro lado, el espectro UV es aquel que se halla entre el color violeta y la radiación X, siendo las longitudes de onda UV más cortas que la del color violeta, pero más anchas (y menos energéticas) que la de los rayos X. Dicho esto también es pertinente mencionar que el espectro UV se subdivide en varios sectores, cada uno con una frecuencia (y una energía) asociada. Los sectores del espectro UV que nos interesan biológicamente son los que se encuentran entre la luz violeta y el UV lejano (UVA, UVB y UVC), pues la UVB es requerida por los humanos para la biosíntesis de vitamina D (que regula calcio y fósforo en la sangre, y también su fijación en huesos y dientes, entre otras funciones). Es debido mayormente a esta radiación, y a nuestra incapacidad particular de sintetizar esta vitamina en cantidades adecuadas en un medio oscuro, que las diferentes etnias humanas poseemos diversas pigmentaciones en nuestra piel, pelo e iris. Sin embargo, esta misma radiación (la UVB) puede dimerizar las timinas contiguas de nuestro genoma en forma aleatoria, activando de vez en vez un prooncogen, o afectando la actividad de genes reguladores de las funciones celulares, provocando desórdenes que pueden desencadenar en la aparición de melanoma y otras formas agresivas de cáncer.

La radiación UVA no nos casua mayores contratiempos (salvo calentar la atmósfera, pero hasta los IR lo hacen), y la UVC es absorbida en su mayor parte por el ozono estratosférico (ozonósfera). La UVB es nuestro mayor problema en la Tierra, y en el último tiempo los niveles de esta radiación han ido en aumento debido al debilitamiento de la ozonósfera. Cabe destacar además que las especies más afectadas por el bombardeo contínuo de UV son las que se hallan en los polos (donde la ozonósfera es naturalmente más débil, y donde además existen días soleados que se extienden durante seis meses seguidos). Por eso algunas especies vegetales han desarrollado distintas estrategias para evitar la aparición de mutaciones peligrosas en sus linajes. Una de ellas es la poliploidia (tener repetidas varias veces el juego cromosómico, o lo que es lo mismo, tener copias de seguridad de cada uno de sus genes), y otra es el uso de pigmentos que absorban o reflejen este espectro. Aquí es donde podemos echar mano para solucionar nuestros problemas.

En el espacio, a bordo de una nave, el UV (tal como la luz visible) no puede atravesar objetos opacos (y en el caso de la UV que llega a la Tierra rara vez el vidrio común). Sin embargo en la Luna o en Marte, donde no existe ozonósfera, estamos expuestos a todos los tipos de radiación UV. ¿Qué hacer? Una solución a largo plazo podría ser la creación de humanos capaces de defenderse naturalmente contra estas radiaciones. Y aquí ya tenemos una idea de cómo. Especies vegetales como el pasto antártico Deschampsia antarctica sintetizan naturalmente pigmentos que le dan resistencia natural a la radiación UV. ¿Algo más cercano que un pasto? Sí, una especie animal que sufre una exposición prolongada a esta radiación, el mamífero Hippopotamus amphibius, ha desarrollado un sudor pigmentado (de color rojo) que lo protege. Científicos de la Tierra, (sí, también de Chile) ya han puesto sus ojos en estas especies para desarrollar fármacos que ayuden a evitar el cáncer de piel. Sin embargo, la farmacia es una solución cortoplacista. Si queremos resistencia UV lo que debemos hacer es pedirle prestado a estos organismos los genes que se encargan de las rutas metabólicas de biosíntesis de estos pigmentos, y copiarlos en el genoma humano. Una vez hecho esto aún quedan otras tareas pendientes.

La resistencia UV de los organismos terrestres es parcial (UVB y tal vez UVC), pero faltan otras radiaciones que no se ven en la Tierra. Luego habría que jugar con la síntesis de otras moléculas que nos dieran resistencia a radiaciones UV lejanas (más energéticas y que seguro visitan a diario las llanuras de la Luna y de Marte). Y aun cuando lo lográramos, llevar esa síntesis a formato genético es ciencia ficción.

Finalmente, ya si logramos como si no pegarnos genes que nos den resistencia a las UVs lejanas, nos estamos olvidando de un detalle. Sí, en efecto, si nos volvemos resistentes a la radiación UV (a la UVB) la ausencia de vitamina D se hará notar, y con efectos catastróficos (recordemos que en el espacio la ingravidez provoca la pérdida de la densidad ósea, y sin vitamina D este proceso pudiera verse acelerado). La solución: Pegarnos un gen de biosíntesis de vitamina D alternativo al uso de UVB. Numerosas especies en el planeta viven en total oscuridad durante la mayor parte de sus vidas, y sin embargo poseen esqueletos resistentes y dentaduras saludables. Otras tantas debido a sus densos pelajes no reciben luz sobre sus pieles, entonces ¿cómo lo hacen? La respuesta es sencilla: Sólo los humanos, y quizá un par de especies más, no sintetizamos por nosotros mismos la tan preciada vitamina. Por tanto tenemos un montón de parientes de dónde escoger el gen de su síntesis.

Superados estos obstáculos, la exploración y colonización de otros mundos se nos harán cada vez menos aparatosos. Y menos aparatoso significa menos combustible. Además, como vemos, estas modificaciones que pudieran comenzar implementándose en exploradores espaciales podrían llegar a mejorar aspectos importantes de nuestra vida cotidiana en la Tierra (digámosle adiós a los bloqueadores solares). En las próximas entradas continuaremos comentando algunas otras modificaciones genéticas que nos harán más sencilla la tarea de mirar al cielo sin temer a su hostilidad. Hasta entonces.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Exploración espacial y transhumanismo (I): Glándulas apocrinas.

Hoy por hoy la exploración espacial es un negocio apto sólo para gente tenaz. Los requisitos de selección a la hora de escoger a los que se adentrarán en la órbita terrestre son extremos: Resistencia tanto física como mental son no sólo necesarios, sino que vitales. En el espacio un ser humano sufre pérdida de densidad ósea y de masa muscular, y además se enfrenta a radiaciones que pueden desencadenar desórdenes moleculares serios, que podrían expresarse en cáncer, cataratas y a veces en daño cerebral. Como si no sólo bastaran los peligros de la ingravidez, de la radiación solar y cósmica que traspasan el campo magnético terrestre, y de los riesgos asociados a las caminatas espaciales como son el vacío, el frío abismal y los fragmentos de roca viajando a decenas de miles de kilómetros por hora, también se hallan siempre latentes ciertos peligros ocultos en las mentes humanas. La soledad del espacio, el reducido volumen habitable, la falta de lujos mínimos (la orina se recicla, la higiene es mínima y la comida poco apetitosa), pueden provocar conflictos interpersonales o desencadenar episodios de colapso mental debido al estrés. Además, no debemos olvidar que estas personas están alejadas de sus familiares y amigos durante semanas a meses, debiendo realizar actividades rutinarias exigentes y vitales constantemente (tales como ejercicio y comprobación de sistemas de apoyo vital). En resumen, vivir en el espacio no sólo es intensamente aburrido, estresante y agotador sino que peligroso. ¿Qué soluciones le daremos a estas problemáticas si deseamos salir de la órbita de la Tierra y explorar tripuladamente lo que está más allá de la Luna?

En el espacio interplanetario no hay campos magnéticos que nos protejan de las radiaciones letales del cosmos. En Marte la radiación ultravioleta proveniente del Sol puede resultar en quemaduras crónicas y cáncer debido a la carencia de una capa de ozono, la presión atmosférica es la centésima parte de la atmósfera terrestre y el frío tiene una media de alrededor de 60ºC bajo cero, eso sin mencionar que no hay oxígeno respirable. ¿Estamos preparados biológicamente para habitar en escenarios similares? Sin apoyo tecnológico la respuesta es un definitivo NO, mas, incluso con apoyo de la tecnología electromecánica y química a la que estamos acostumbrados las cosas no se nos harán sencillas: Lo más simple, recomendable y preventivo a la hora de exponer menos las vidas de los futuros exploradores y colonos es la modificación biológica.

¿Qué tipo de modificaciones biológicas serían útiles a futuros exploradores y colonos marcianos? Una modificación muy sencilla y que pareciera ser totalmente insignificante o modesta podría hacer la diferencia entre un viaje de seis meses insoportable y uno un poco más desahogado: La supresión de las glándulas apocrinas.

Las glándulas apocrinas son un tipo de glándula sudorípara cuya única función es liberar olores y feromonas que en teoría debieran ser atractivos sexualmente. Estas glándulas en los humanos se conectan al folículo piloso de zonas velludas como ingle y axilas y, en comparación a otros mamíferos, se presentan muy reducidas en número, dejando en claro que es una característica vestigial de la evolución mamífera que la evolución humana ha ido descartando. Haciendo la comparación, los humanos del África central son los más antiguos y diversos de los grupos humanos, y poseen una mayor proporción de glándulas apocrinas por superficie de piel en relación a grupos humanos más recientes, como los del Asia oriental: O sea, si dejáramos pasar un buen periodo de tiempo estas glándulas acabarían por desaparecer, como las muelas del juicio.

Si bien estas glándulas podrían efectivamente desempeñar un papel útil en el atractivo sexual ancestral, al día de hoy son totalmente desdeñables. Para colmo, cuando las sustancias que liberan pasan a formar parte del metabolismo bacteriano (por ejemplo, por falta de higiene), los productos que las bacterias liberan son de olores desagradables. En nuestra cultura las mujeres se depilan las axilas, y hombres y mujeres usamos desodorantes y antitranspirantes para evitar sus efectos: En otras palabras estas glándulas nos hacen gastar tiempo y dinero, y son una molestia.

Y, en un viaje a Marte, seguirían siendo una molestia. Hoy en día los astronautas deben soportar los olores de sus compañeros para evitar un derroche de agua que no poseen (pues, como mencionaba, el agua en el espacio se recicla, incluida el agua presente en la orina, y esto es un proceso caro). Los viajes a Marte duran como mínimo seis meses. Seis meses con un mínimo de higiene, y con tripulación mixta, serían horrendos para aquellos osados exploradores. Si los mismos lograran suprimir la actividad de sus glándulas apocrinas, o aun más, si lográramos evitar que se formaran durante la diferenciación de tejidos embrionaria y fetal, los viajes en el espacio tendrían un problema menos: Los malos olores.

Esta aplicación no sólo sería útil a los exploradores espaciales, sino que a todos. A nadie le gusta sudar y oler mal, y a nadie le gusta oler el sudor maloliente de otro. Por lo demás, es una característica que va en retroceso, y no estaríamos desviando nuestra la evolución, sino que acelerándola. El transhumanismo puede tener aspiraciones modestas y concretas que sin embargo pueden mejorar la calidad de vida de formas interesantes. Pequeñas modificaciones hacen grandes cosas. En las próximas entradas intentaré exponer mis ideas sobre modificaciones más ambiciosas con efectos mucho más radicales.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Parábola del futuro.

Este es un texto (cortísimo) de mi autoría, que pretende hacernos reflexionar sobre el uso libre de las tecnologías de manipulación genética (sobre todo para cambiar la tiranía del gen sobre la mente humana), y que adopta un estilo que pretende imitar (ya bien o mal, realmente da igual) el formato de los viejos textos religiosos:

Cierto día correspondiente a una luna nueva de un año lluvioso de un siglo postmilenario, un hombre, de cuya edad era difícil estar seguro, bajó por los senderos de olivos a paso calmo y constante, y se reunió en una plaza donde pacían animales y se comerciaban especias. De improviso, la multitud de personas que regateaban, intercambiaban noticias y parloteaban sin descanso se voltearon para ver al hombre que llevaba un cinturón dorado en el cinto, y atado a éste un tubo de oricalco, el material de los atlantes, de donde surgía un ruido inaudible que los sometía y lastimaba sin que siquiera lo notaran realmente. Las gentes comenzaron a exaltarse, se sentían angustiadas y pasadas a llevar, mas no sabían realmente el porqué, y entonces el hombre clamó a viva voz:

—Vosotros, gente de bien, estáis igualmente sometidos por algo que no conocéis, que os fustiga y que os impide ser realmente libres.

—¿Quién eres tú para decirnos que no somos libres? —preguntó uno de los presenciantes, angustiado.

—Yo soy uno de vosotros, pero que ya es libre.

—Me siento angustiado. Algo me presiona las sienes y el pecho y no sé qué es. Haz algo o te echaremos pronto. —Y dicho esto, el artefacto de oricalco dejó de emitir sus molestos infrasonidos, y la gente pareció aliviarse.

—Ya os he librado de vuestro tormento inaudible, mas, ahora que tengo vuestra atención, os contaré una historia. —Y la historia fue contada, como sigue:

»Antes del tiempo del no tiempo, en las épocas de mayor oscuridad y vicio, el mundo dormía bajo el alero de un pesar invisible, inaudible y fustigante, como el que acaba de esclavizaros hasta hace poco, sólo que miles de veces peor. Tal era el miedo y la angustia que provocaba, que se generaban inmensas batallas, se quemaban a personas vivas en grandes hogueras, se partían a la mitad mientras aún podía oírseles pedir clemencia, se les encerraba en cámaras venenosas y se las acusaba de los males que asolaban a la Tierra. Hasta que un día, ciertas gentes de bien comenzaron a rebelarse contra este mal invisible. Construyeron aparatos que lo hacían accesible al ojo y a la mano, y comprendieron su origen, su causa y su conducta, y así pudieron encerrarlo.

»Lo podéis llamar genio, dios, demonio, o como deseéis. La gente que se rebeló contra este mal lo llamó Yenomá, y es el poder divino que nos convierte en miserables, alegres, buenos o malos. Así fue como algunos intrépidos lograron vencerlo y domesticarlo. Y así es como, una vez que cada uno decide cómo criar al suyo, este poder divino domesticado deja de ser peligroso, y nos hace libres. Por eso debéis estar agradecidos, porque sois realmente libres si realmente sabéis manipular a vuestro Yenomá interior.

Terminado el discurso, y ya sin el pesar tormentoso del infrasonido, la gente reflexionó, y se sintió agradecida de poder ser dueña de su Yenomá, y no su esclava como en los tiempos ancestrales, donde este genio, demonio o dios, era invisible e inaccesible, y determinaba con mano de titiritero las acciones de sus marionetas humanas, causándoles dolor, agonía y muerte.

Esperando que no les haya desagradado, sino que les inspire a domesticar a su Yenomá, saluda cordialmente, a todos los cibernautas transhumanistas, el blogger Rodrigo Leyton R.

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